El Bushido y la deontología del Abogado

 

El Bushido es un libro clásico e insustituible para conocer lo que se escondía (y aún hoy se esconde para muchos) en el trasfondo de la forma de ser y de pensar de Japón. En la tradición japonesa Bushido significa “el camino del guerrero” y era un código ético preciso y estricto, no escrito, por el que se regía la sociedad feudal japonesa y muy especialmente los samurái.  No está de más, poner de manifiesto algo de lo que se dice en ese libro dada la relación que puede existir entre un abogado de nuestros días y un antiguo caballero samurái.

 

Inazo Nitobe recopiló estas enseñanzas y las publicó en un libro (Bushido) que vio la luz por primera vez a principios de 1900, y cuya primera versión se encuentra escrita en inglés, siendo posteriormente traducido a otros muchos idiomas y convirtiéndose en lo que ahora llamaríamos un “bestseller”.

 

Desde luego que hay muchos otros códigos éticos que trascienden la religión (como el IF de R. Kipling o la oración de Gandhi), pero no es mi intención hablar aquí del comportamiento humano en general sino del que se espera del abogado. Porque el abogado quizá sea el moderno “samurái”, en muchos sentidos, al hacer de la palabra dicha y escrita su peculiar katana y de la defensa de otros su profesión.

 

Insisto en que cada uno puede tener sus propios valores y que sólo pretendo hablar ahora de ética dirigida especialmente a los abogados y como mera puntualización de lo que se recoge ya en el Código Deontológico vigente aprobado por el Consejo General de la Abogacía. El último es de 2002 y se puede consultar aquí

 

De este Código Deontológico destacan los valores éticos de la independencia, la libertad de defensa, la confianza e integridad y el secreto profesional. Poco más, ya que el resto son directrices sobre honorarios, turno de oficio, incompatibilidades y asuntos semejantes que se encuentran bastante distantes ya del comportamiento ético y guardan más relación con otra serie de directrices para el comportamiento de los abogados.

 

Volvamos al Bushido. Ahí se nos habla de cosas tales como la rectitud o la justicia, el coraje para decir la verdad, la lealtad o el autocontrol, poniendo casi por encima de todo (o más bien impregnando todo) el honor. Destaco ahora esto último porque probablemente vivimos en una época bastante huérfana de ese valor que debería serle otorgado al honor. Valor difícil de sostener y de definir y que el Bushido equipara con la reputación propia “la parte inmortal de uno mismo del que el resto es parte animal”. Sin embargo,  el exceso obsesivo hacia el que tendía el código del honor tenía un fuerte contrapeso en la constante predicación de la magnanimidad y la paciencia (“soportar lo que crees que no puedes soportar es soportar realmente”).

 

Y ¿qué significa el honor en la profesión de abogado? Sencillamente no tener precio para renegar de aquello en lo que creemos (me refiero a lo vital obviamente). En términos de nuestro Código Deontológico probablemente sea la independencia lo que mejor represente al honor; independencia que el artículo 2.3 del Código define en los siguientes términos: “el abogado deberá preservar su independencia frente a presiones, exigencias o complacencias que la limiten, sea respecto de los poderes públicos, económicos o fácticos, los tribunales, su cliente mismo o incluso los propios compañeros o colaboradores”. Magnífica máxima sobre la que todos deberíamos meditar…

 

La cortesía se eleva al grado de virtud (en su forma más elevada se aproxima al amor, dice el Bushido) recordándonos que no existe ninguna virtud que se manifieste sola y citando al maestro Ogasawara “la finalidad de toda etiqueta es cultivar la mente de tal manera que cuando estés tranquilamente sentado, ni el más tosco o rufián pueda atreverse a atacar a tu persona”. La ceremonia del té (Cha-no-yu) viene aquí a colación puesto que es mucho más que una ceremonia; es un arte, es poesía con gestos articulados para los ritmos; es un modus operandi de la disciplina del alma y su mayor valor reside en esta última fase. Esta es la importancia del rito, del comportamiento de los abogados en la Sala de lo que nos hablan los artículos 11 y 12 de nuestro Código Deontológico aunque en términos mucho menos poéticos, por supuesto.

 

Sin embargo, y como bien dice el Bushido, sin veracidad y sinceridad la cortesía es solo farsa y apariencia. “El decoro llevado más allá de los límites correctos –dice Masamuné- se convierte en una mentira” y es que “la sinceridad es el principio y fin de todas las cosas; sin sinceridad no habría nada” (Confucio). Mucho tenemos que meditar sobre esto los abogados, acostumbrados como estamos a decir “medias verdades” (las que favorecen a nuestro cliente).

 

Sin embargo lo anterior, liga perfectamente con el deber de la lealtad a lo que tanto el Bushido como la tradición oral otorgan un valor esencial, especialmente, en la ética del Samurai. Un deber que ahora corresponde representar a los Abogados, haciendo de ello algo más que una simple transacción mercantil o contrato de arrendamiento de servicios.

 

El coraje, el espíritu de la audacia y la entereza, son otros tres valores que el Bushido entrelaza y que pueden ser resumidos en la siguiente frase: “el verdadero coraje reside en vivir cuando lo correcto es vivir y morir solo cuando lo correcto es morir” porque “precipitarse al grueso de la batalla y sucumbir en él es muy fácil y el patán más simple puede hacerlo”. Mucha profundidad hay en estas palabras mediante las que se pretende evitar que no se confunda el verdadero coraje con el simple ímpetu o con el ataque insensato. En los duelos entre samuráis -cuentan las viejas leyendas- que la mayoría de las veces ni siquiera se desenvainaban las katanas, porque la simple mirada denotaba ya al vencedor y al vencido en esa determinación que da el verdadero coraje.

 

Lo mismo sucede en la profesión de abogado donde no siempre el pleito-combate representa el auténtico coraje, ya que a veces es sinónimo de precipitación y escasa preparación. Un mal acuerdo mejor que un buen pleito y de esto sabe mucho la sabiduría popular sin necesidad de acudir al Bushido que, en el fondo, me ha servido de excusa para dar un somero repaso a nuestros deberes deontológicos por el solo hecho de que, en el ejercicio de nuestra profesión mucho tenemos (o deberíamos tener) de caballeros medievales samuráis. Al menos… eso me sucede a mí.

 

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