INTELIGENCIA ARTIFICIAL AL SERVICIO DEL DERECHO

05/07/2018

 

 

Históricamente los seres humanos hemos contraído obligaciones de todo tipo, las que -en buena medida- han determinado nuestras relaciones sociales. Sin embargo, estos vínculos siempre han acarreado un inconveniente: su posible inobservancia. Lo anterior ha redundado en que hemos desarrollado técnicas y, posteriormente, normas, que previeran o resolvieran estas hipótesis de contravención. En este contexto -inalterable a través de los siglos- y donde a pesar de las diversas respuestas legislativas seguían sucediéndose los incumplimientos contractuales; la irrupción de acuerdos de voluntades capaces de autoejecutarse y hacerse cumplir por sí mismos de manera autónoma y mecánica, sin intermediarios ni mediadores, suena a panacea, y, a la vez, genera múltiples interrogantes. Hablamos de los denominados contratos inteligentes o smart contracts.

 

Los smart contracts o contratos inteligentes fueron definidos por Nick Szabo (informático, abogado y criptógrafo, creador del primer prototipo de bitcoin y sospechoso de ser, además, el mismo Satoshi Nakamoto[1]) como “a set of promises, specified in digital form, including protocols within which the parties perform on these promises”[2]. Un smart contract puede ser creado por personas físicas y/o jurídicas, pero también por máquinas u otros programas que funcionen de manera autónoma. Su carácter disruptivo se basa en la ejecución automática de alguna acción determinada, registrada previamente en el propio contrato, que no depende de autoridades o terceros intermediarios. Al tratarse de un código visible por todos, desarrollado mediante la tecnología blockchain, ésta le otorga sus características de descentralización, inmutabilidad y transparencia. Su cumplimiento, por tanto, no está sujeto a la interpretación de ninguna de las partes: si ocurre el evento A, entonces la consecuencia B se pondrá en marcha de forma automática. No requiere de ningún intermediario de confianza (como una notaría), pues este papel lo adopta el código informático, que asegura el cumplimiento de las condiciones. En este punto es donde aparece la figura del “oráculo”, como mecanismo informático que permite actualizar el estado de los contratos inteligentes con la información del exterior que las partes hayan definido como concluyente para que se ejecute el acuerdo. No obstante, la fuente de ese “oráculo” sigue siendo una tercera parte, un intermediario fuera de la cadena de bloques y del contrato y, por tanto, sujeto a la confianza. Y este es un problema por resolver, pues precisamente lo que se quiere eliminar con los smart contracts y la tecnología blockchain es la necesidad de un tercero de confianza. Sin embargo, ya existen opciones para ello. Algunos proyectos, como Oraclize[3], comparan la información de todas las fuentes que se les indique para determinar la validez de un smart contract. 

 

Al ser autónomos, funcionan sin intermediarios, y como la blockchain es capaz de resguardar la información en una red cifrada que puede consultarse desde cualquier lugar del mundo, su velocidad y seguridad saltan a la vista. En un futuro en el que la robótica y la Inteligencia Artificial estarán presentes en la fabricación de cualquier producto, la posibilidad de que algoritmos o máquinas puedan crear contratos de forma automática permitirá implantar procesos más rápidos y eficientes. De hecho, a través de este tipo de contratos, hoy en día ya se están realizando pruebas de pedidos automáticos entre los sistemas de cadenas de montaje de automóviles y los sistemas de proveedores; o incluso, en la industria aseguradora, la compañía AXA, que a través de “Fizzy”, usando smart contracts, ya recompensa a sus clientes en forma automática en caso de retrasos o cancelaciones de vuelos[4].

Como corolario, podemos advertir que urge la irrupción de un tipo especial de abogado, que domine el marco legal, pero que a la vez posea la sensibilidad y los conocimientos suficientes respecto la tecnología blockchain, ayudando de este modo al encuentro entre ambos tipos de contratos y contribuyendo a desarrollar un producto que verdaderamente responda a las necesidades crecientes del mercado y, a la vez, se adecúe a la multiplicidad de ámbitos a los cuales se aplicarán los smart contracts.

Espero a través de estas líneas contribuir a desarrollar un interés por los contratos inteligentes, pues se trata de herramientas que en un futuro utilizaremos en muchos ámbitos de nuestra vida diaria, que a la vez otorgan un nuevo impulso a áreas que son de nuestro interés, como el sector energético, donde su uso se ha visto incrementado en los últimos años; tema que analizaremos en un próximo post.

 

 

 

[1]        Satoshi Nakamoto es el nombre del creador (o creadores) del protocolo bitcoin y su software de referencia, Bitcoin Core. Hasta la fecha se desconoce si es una persona o un grupo de personas, o el alias de una de ellas. 

 

[2] SZABO, Nick. Smart Contract: Building Blocks for Digital Markets, 1996, http://www.fon.hum.uva.nl/rob/Courses/InformationInSpeech/CDROM/Literature/LOTwinterschool2006/ (último acceso, 5 de julio de 2018).

 

[3] http://www.oraclize.it/ (último acceso, 5 de julio de 2018).

 

[4] https://www.axa.com/en/newsroom/news/axa-goes-blockchain-with-fizzy (último acceso, 5 de julio de 2018).

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